viernes, 30 de octubre de 2009

Trabajo en lentos poemas de hierro

Esto decía Carlos Barral jugando, quizá, con las palabras; enredando, tal vez, con los sentidos... con los sentidos de las palabras. A Carlos Barral todo el mundo lo conoce por haber sido uno de los grandes editores españoles del siglo XX. Sin embargo, su amistad con los grandes: Gallimard, Einaudi y, luego, Modandori; su contracorriente escenificada en aquella cita en Formentor -"club" incluido-, en la que los intelectuales -más o menos de verdad- de la vieja Europa se daban cita para cabreo de la dictadura; su olfato para la novela fetén; su gusto literario y su excelente pluma nos hablan de un Barral que fue mucho más.

Hace unos días comentaba con un amigo su "Con el viento a favor", uno de sus pocos textos escritos en catalán -ya traducido-. A Barral el catalán le sonaba a jerga de pescadores -y no era al único-. "Con el viento a favor" es una delicia que describe Cataluña desde el mar con ese aire aristocrático que revestía a los chicos de lo que Joan de Segarra bautizara como la gauche divine, una suerte de izquierda bienviviente y moralizadora de las clases obreras, asentada en la comodidad del trono que otorga ser un hijo de papá. Eran unos cuantos que luego han seguido siendo progres de profesión y de posición -también de postura-.

Pero a Barral, que es quien interesa, se le perodna. A Barral le gustaba buscar escondrijo en su "botiga" calafeleña y navegar en su menorquina, barba y pipa al viento. Un servidor le envidiaba, hasta hace poco, por ello. Pero estos días he podido entender mucho mejor cómo agita la sangre la tierra vista desde el mar. He navegado; he costeado el Mediterráneo, aunque lejos del de Barral.

De Barral, no obstante, me gustan bastantes poemas. Éste, por ejemplo, me gusta mucho más:

A veces

A veces cuando era
temprano todavía para verte
o cuando la ventana
se abría a la distancia y al sonido
de tanto hierro puesto y tanta arena
que cruje a tierra extraña en los caminos
remoto a la esperanza
me volvía a aquel sitio en que dejamos
las soledades juntas y las voces.

Te hallaba limitada
de corazón disperso y de alegría
por todos los costados y flotando
en la noche segura y abundante
que nunca se consuma.

Sin embargo a lo lejos
tan pronto me acogías con los nombres
de las cosas comunes, en sigilo
sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance.

Entonces por entero
reincorporado al límite del cuerpo
volvía a la certeza de la espera.

jueves, 22 de octubre de 2009

La música... de Loquillo

Dice la sabiduría popular que la música amansa a las fieras. No estoy de acuerdo. O sí, pero no sólo. La música puede que amanse a las fieras, pero sobre todo las instruye, las mejora, las doma, puede que las aquiete, las humaniza... porque, a fin de cuentas, todos somos fieras aquietadas, en ocasiones, por el escrúpulo, la vergüenza, la educación o el sentido común. Pero, una vez humanizadas, luego, la música nos eleva, nos llena, nos inspira, nos mueve, nos conmueve, nos hace mejores, nos colma, nos sublima y, a veces, incluso, nos eleva a los cielos. Seguimos siendo fieras, de eso no cabe duda, pero humanizadas fieramente, por suerte, gracias a la música.

Cuando tengo un mal momento -pocas veces- pocas cosas me hacen tanto bien como una buena música, una alegre melodía o una gran canción, como ésta, poco conocida, pero enorme.

Gracias, Loco -y Hallyday, claro-.

martes, 13 de octubre de 2009

Orfandad

(Publicado en mi columna de ABC CyL el 12 de cotubre de 2009. Me ha pedido un amigo que lo suba al blog.)

La dimensión humana de la muerte es algo que, como a tantos -como a todos-, siempre me ha atraído. La orfandad de respuestas que provoca el apagón vital me interesa. Al fin y al cabo, nadie ha sido capaz de ofrecer otra cosa que esperanza, fábula, fe o una iguala de justicia que haga justiprecio con la que sufrimos mientras caminamos por este valle de lágrimas -los textos sagrados no son precisamente la alegría de la huerta-. Pero la dimensión de la muerte lleva aparejada necesariamente otra dimensión mucho más cercana y ¿explicable?: la de la vida.
La lucha de fuerzas entre una y otra es cotidiana, constante, como de andar por casa. Sobre esto nada que decir. Lo que suscita toda esta reflexión es una conversación reciente con Javier García, que acaba de perder a su padre. J. G. es vecino ya de los cuarenta, lo que puede entenderse como un joven con vocación de dejar de serlo en unos cuantos años. La edad, en este caso, es importante porque determina el objeto de estos párrafos. J. G. se ha quedado sin padre a una edad más o menos frecuente. Pero, cuando el otro día le preguntaba cómo se sentía, pasadas unas semanas del duro trance, su respuesta me fulminó: huérfano.
Tantas cosas en tan poco me helaron la palabra. J. G. tiene razón. Nadie habla de orfandad cuando uno ha cumplido determinada edad tácitamente aceptada como la de la orfandad imposible y, sin embargo, ¿quién nos prohíbe sentirnos huérfanos a los veinte, a los treinta, a los cuarenta, a los cien? ¿Es acaso la orfandad un estado legal solamente; o uno tiene derecho a sentirse huérfano cuando le dé la gana?
La pérdida de un progenitor es un duro golpe en cualquier circunstancia. El sentimiento de orfandad, en cambio, es una elección libre; probablemente ligada a la relación entre dos seres mientras la vida fue. Te honra el sentimiento, Javi.

lunes, 5 de octubre de 2009

Roger Hodgson

La música te transporta en ocasiones a lugares del sentimiento que son difíciles de atrapar en la palabra. Eso -o algo similar- es lo que le sucedió ayer a la gente que asistía al recital que Roger Hogdson, el mítico vocalista de Supertramp, en perfecta comunión con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León -a la que hay que echar de comer aparte- dio ayer en el auditorio Miguel Delibes de Valladolid. Decir que fue impresionante sería hacer de menos a una sensación última que parecía asegurarte que cosas así vas a vivirlas pocas veces en la vida. Había algo de nuevo en todas aquellas viejas canciones que han viajado de la cassette al cd sin perder ni un ápice de calidad y permanencia. Contemplar cómo la música de Supertramp, casi toda, parece compuesta para una orquesta sinfónica, no es decir demasiado ni descubrir ninguna América. Aunque lo de ayer rozara el paroxismo.

Bien es cierto que el público que asistió al concierto era un público con la bandera blanca enarbolado desde el mismo momento en que el viejo Hogdson, con su fina melena rubia, su camisa blanca y su aire de indio navajo, salió a escena. En ese momento todo los allí presentes le mostramos nuestra carta de rendición ante lo que suponíamos que iba a llegar... y llegó.

Todo empezó con "Take the long way home". Al terminar, los primeros fanáticos saltaron de su asiento para ovacionar al tío de la guitarra, al señor del piano, al chaval de los teclados, al músico de la voz infinita y atiplada. Luego "Give a little bit" y ahí empezó el frenesí. Supo meterse a todo el mundo en el bolsillo. Invitó al auditorio a silbar una breve canción a coro y desgranó algunas de las mejores canciones de la historia de la música actual; que, además, son suyas: "The logical song", "Even in the quietest moment". "Dreamer", etc. Hasta que llegó una de las que todos esperábamos. Cuando los primeros acordes, lentos, lejanos, leves de la "Fool's overture" empezaron a sonar, la gente ya tenía las manos destrozadas de aplaudir. El final de la obertura fue de película, con Hogdson recibiendo la batuta de manos del maestro Alejandro Posada -un auténtico crack dirigiendo- para dar el "se finito" a la orquesta. Grandioso.

De ahí a los bises y a una última composición que se había echado en falta y que, hábilmente, el exsupertramper había dejado para los postres. Con un "It's raining again" coreado, cantado, aplaudido y bailado por todos los asistentes -hasta las azafatas perdieron su hierática composutra, contagiadas por el ambiente brutal- se cerró una noche en la que una orquesta magnífica dio luz a la música clásica de un enorme compositor moderno: Roger Hodgson.

Ver esto

En inglés

viernes, 18 de septiembre de 2009

Catulo

Soles occidere et redire possunt;
nobis cum semel brevis lux occisus est
nox est perpetua et una dormienda.

Los soles mueren pero pueden volver a nacer;
Pero cuando nuestra lánguida luz se apaga
la noche se hace perpetua y todo es sueño.

Muy en la tradición del famoso "carpe diem" de Horacio y del "collige, virgo, rosas" de Ausonio estos versos de Catulo. Pocos poetas en la historia de la Literatura Universal han sido capaces de cantar con igual vehemencia al amor más furibundo y al odio más apasionado. Amar en versos y odiar en versos, y todo en apenas unas estrofas. Pero hacer lo uno con igual pasión que lo otro sólo está al alcance de quien amó hasta los tuétanos (quien lo probó, lo sabe). Odi et amo. Quare id faciam? fortasse requiris / Nescio, sed fieri sentio et excrucior (Odio y amo. ¿Cómo puedo hacer esto?, quizá te preguntes. No lo sé, pero siento que así es y me torturo).

Catulo cometió el error de enamorarse de la mujer más bella, de Clodia -Lesbia en sus poemas-. Clodia coleccionaba amantes con la misma facilidad con que Catulo escribía poemas. Clodia correspondió un tiempo con amores el amor del poeta. Quizá, como un mero divertimento. Hasta que, harta de su aedo particular, le fue infiel -tal vez, incluso, con su propio marido. ¡Qué horror!-. Ante lo cual Catulo exclamó: Una salus haec est, hoc est tibi pervincendum. / hoc facias sive id non pote, sive pote! (Una única solución para uno: el deber de sobreponerse. Si puedes, hazlo, y si no, hazlo igualmente). Sí o sí, vamos.

Pero no parece que lo llevara a la práctica. Catulo llenó su pecho de despecho y obligó a su corazón a alojar en el mismo habitáculo donde hasta entonces había acampado una legión de amor a una cohorte de odio. ¡Pobre Catulo! No sabía que el amor dura una sonrisa; el dolor una risotada larga, lenta, lóbrega. Aún así, tampoco tiene excusa porque él sabía -y tú, lector, si andas enamorándote de alguna mujer, tenlo en cuenta- que mulier cupido quod dicit amanti, / in vento et rapida scribere oportet aqua (lo que una mujer enamorada le dice a su amante, conviene escribirlo en el viento y sobre el agua que corre).

Tal vez, en algún momento, hasta los oídos de Clodia llegarían estos versos recitados con despecho y dolor. ¡Ay el amor!, ¡cuánto duele!

jueves, 10 de septiembre de 2009

La tapa del delco


Se atribuye a Woody Allen una frase de Charles Kettering, el inventor, entre otros cientos de cosas, del Delco. El delco era un aparatito que, en los coches de hace unos años, cumplía funciones de distribución de energía -creo-. Si el delco se mojaba, la habías liado parda porque, entonces, tenías que levantar la tapa, la mítica tapa del delco, secarla y esperar a que el coche quisiera volver a andar. Mi tío logró llegar de Madrid al pueblo sustituyendo la dichosa tapa por un brik de leche cortado a la misma medida y agujereado conevientemente. Pero, volviendo a la frase, decía Kettering que a él le interesaba mucho el futuro porque era el lugar en el que tenía pensado pasar el resto de su vida. La frase, ingeniosa, me ha recordado aquella película de Harold Ramis -nunca valorada en su justa medida- en la que Bill Murray se levantaba una y otra vez en el mismo día, el Día de la Marmota, en Punxstawney.

La película, aparentemente una comedia romántica en la que suceden y se suceden situaciones divertidas, paradójicas, cómicas, es un pequeño tratado críptico de filosofía pura. Supongo que debe de ser horrible, angustiosa y claustrofóbica esa sensación de estar atrapado en el tiempo, pero con memoria de todo lo que ha sucedido, ese mismo día, todos los días anteriores.

Sin embargo, ¿cuántas veces habremos dicho en nuestra vida eso de "me gustaría que este momento no pasara nunca; que el tiempo se quedara clavado en este instante? Si eso sucediera, se me ocurren dos cosas. Si mantuviéramos memoria posterior del hecho, ese hecho ya nunca sería la primera vez que sucede y, por tanto, perdería ese carácter de originalidad, de primera vez que, a buen seguro, le otorga buena parte del atractivo. Pero si no mantuviéramos memoria del hecho, ¿quién nos dice que ese hecho no esté sucediendo una y otra vez? Al fin y al cabo, tampoco seríamos capaces de recordarlo. Es decir, que puede ser que todo lo que nos ocurre se esté repitiendo una y otra vez en el tiempo sin que seamos conscientes de tal reiteración.

Como en todo lo que tiene que ver con la dimensión incomprensible, dejo aquí esta reflexión para que ustedes, mis queridos amigos, me ilustren. Y, si piensan que he empezado a desvariar y que necesito ayuda, no se preocupen: lo sé. Es que a mí, de vez en cuando, también se me moja la tapa del delco.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Ruiz Quintano


He aquí una "rara avis". Ignacio Ruiz Quintano es periodista y, sin embargo, sabe escribir. Y, cuando digo escribir, digo ser escritor, digo armar textos, digo enjaretar frases y razones con un estilo propio, único, sincopado, relampagueante -¿existe esta palabreja? Tendré que mirármelo-, brutal; digo lo que digo. Para leer a Ruiz Quintano hay que ser un buen defensa -el mejor-, porque Ruiz Quintano es un driblador -ésta tampoco sé si está admitida- nato. Cada nueva oración es un regate a derecha o izquierda, cuando no un caño entre las piernas. Tiene, sin embargo, la habilidad suprema de no perderse en ellos, de no abandonar, nunca, el obejtivo final: meterle un gol al lector por toda la escuadra, desarbolarle la portería, dejarlo en cueros. Leer a Ruiz Quintano es, para quienes también perpetramos columnas en algún periódico -en mi caso, para mayor desgracia, en el mismo periódico-, darse cuenta de que uno siente envidia. Sana, podría decir, pero creo que eso de la envidia sana no es más que otro invento de esa nueva filosofía barata llamada "lo políticamente correcto". Después de leer una columna de Ruiz Quintano uno podría ser capaz de escribir un tratado completo de envidia literaria.

Maneja datos, fechas, personajes y citas -de las que no aparecen en esos diccionarios que usamos quienes escribimos; sólo por parecer más leídos- con una soltura tan precisa como alegre. Los mete en su coctelera, los agita y se saca de la manga una columna o un artículo para disfrute del respetable. Nada parecido desde Camba, desde Capmany, desde CapUmbral.

Si un genio quisiera concederme el deseo, le pediría saber escribir como Ruiz Quintano, y decir cosas tan coherentes como ésta a propósito, por ejemplo, de la censura: "¿Censura o autocensura? Yo preferiría la censura, porque con censura siempre se ha escrito mejor, y ahí están los escritores de la Segunda República; pero la democracia actual prefiere la autocensura, y la ejerce de cojones." Pues, ¡ole los suyos, maestro!, y que siga enseñándonos a escribir.

viernes, 28 de agosto de 2009

Letra. Somos palabra escrita. Y no todos.

Como no todo es letra en esta vida -o sí- me apetece hablar de música. Pero antes rescataré una reflexión libada ayer en el Diario Final de Miguel de Unamuno, publicado hace pocas semanas y que, como casi todo lo engendrado por este vasco universal, sorprende, ilustra, ameniza, enseña e, incluso, llena de orgullo a cualquier españolito de a pie.

Decía Unamuno a propósito del pasado y de los personajes de la Historia que ninguno de ellos existiría sino existiera la palabra escrita. Después de unas pocas generaciones nadie es si no "está" escrito. Es un abismo que asusta a muchos vivos, sobre todo a aquellos con pretensiones de inmortalidad. Cervantes es Cervantes porque acertó a escribirse e inscribirse en la portada y en el cuerpo de todo aquello -casi todo aquello- que dio a las prensas. Otros son lo que son porque alguien los ha escrito, los ha convertido en palabra escrita. Asusta. Abruma.

Deespués de la muerte nada importa que uno fuera bueno o malo, grande o pequeño, cojo o manco. Después de ella, sólo somos un nombre pegado a una historia, real o ficticia, noble o villana. Es decir, somos sólo un recuerdo, una palabra, con suerte, escrita.

He empezado diciendo que quería hablar de música y he acabado delirando sobre la muerte, la fama, la historia y, sobre todo, la palabra escrita, la letra. Ayer me topé con una canción que siempre me ha gustado mucho y, en esta versión, que desconocía, aún más. Me quedo, además, con la letra. Nada tiene que ver con lo dicho -o sí-, quién sabe, pero...

miércoles, 19 de agosto de 2009

He vuelto


Que veinte años no es nada, decía Gardel, cuanto menos veinte días, y aun ni eso. Pero es lo que hay, esto o escribir un bestseller y hacerme rico a base de confitar palabras. El propósito lo tengo, la idea también. Ahora ya sólo me faltan el tiempo y, sobre todo, la constancia. Leía hace unos días un ensayito de Marzal en el que el poeta aseguraba que una de sus mayores virtudes era, precisamente, la constancia. Estoy con él. Mucho más que el genio. Es cierto que tiene que haber un poso y un potencial innato, pero el entrenamiento diario y constante es vital.

Es fácil imaginarse escribiendo algo interesante, por ejemplo, a orillas de un lago, con la calma alborotando a tu alrededor, en buena compañía o solo, que a veces es la más agradable de las compañías... Es cuestión de imaginación: dibujen de pronto un pequeño muelle de madera a los pies de un recoleto hotel campestre, de esos que ahora llaman "con encanto"; amarrada a su vera una pequeña barca, invitándote a subir. Te lanzas a la aventura de remar o al empeño de pedalear en la inmensidad contenida de aquel lago frío y azul. Sin que nadie lo advierta aún, hay algo prohibido en el escenario; algo que no debes contarle al lector porque ese el secreto que lo mantendrá pendiente. Lo prohibido atrae. Tratas de incitarlo con esta argucia simple y usada; más vieja que el mundo; más vieja que Homero. Al final, quizá, puede que, es posible que desveles algo, o todo, o nada. ¿Quién sabe? Es sólo una idea surgida de estas horas en las que nadie está al otro lado del teléfono, nadie envía correos, nadie ocupa su lugar ni su rutina. Es como si todo el mundo estuviera de vacaciones y como si fuera agosto.

Por cierto, no sé por qué razón el lago me ha hecho pensar en Vietnam. A lo mejor habrá que hacer un viaje cuando las circunstancias lo permitan. ¿Alguien conoce Vietnam?

jueves, 30 de julio de 2009

Décalogo para 15 días


1 Ponerle los cuernos al despertador con la almohada.
2 Leer esos dos o tres "aparcados" que ya tenía previsto.
3 Disfrutar del agua, sin prisas, hasta que la piel se arrugue.
4 Conquistar mi calle de mar y nadármela enterita.
5 No acordarme de que el mundo está en crisis y yo con él.
6 Sentarme a pensar la suerte que tengo por tener sólo 15 días de vacaciones.
7 No pensar en que sólo son 15 días.
8 Renovar propósitos, como si fuera Navidad.
9 Olvidarme del telediario y de esos tíos que te amargan la comida a diario.
10 Volver, como cantaba Gardel; siempre volver.

lunes, 27 de julio de 2009

Los fundamentales

Me queda tanto por leer que a veces pienso que voy a tener que dejar algunos libros para mi próxima vida. No me gustaría, eso sí, agotar ésta sin haber trasegado los fundamentales. Los fundamentales son alrededor de doscientos, puede que alguno más. La mayoría ya han sido pasto, aunque una buena parte merecería refresco. Me admira esa gente que tiene la capacidad de leer un libro y empaparlo, como si en lugar de leerlo se lo estudiaran. Da la impresión de que lo hicieran por si alguien, alguna vez, les pregunta; o por si en alguna ocasión surge la oportunidad de lucir lo mucho y bien que hemos leído en nuestra vida. Borges decía que se sentía más orgulloso de lo que había leído que de lo que había escrito. Eso es fácil de decir... cuando uno se llama Jorge Luis Borges y se sabe maestro de maestros.

A veces paso por delante de los vasares de la biblioteca de casa y me paro ante un libro que no es, en principio, un fundamental contrastado ni reconocido. Por alguna razón el libro te llama y te acercas. Lo cojes, te pones a ojearlo o, simplemente, a hojearlo, y de repente descubres que hay algo interesante allí. Comienza entonces la lectura. La lectura es como un viaje sin hotel ni coche de alquiler previamente contratados. Toda una aventura. A priori no sabes si ese libro te llevará a algún lado o te abandonará en cualquier desierto de palabras o en un mar de aburrimientos. La lectura incierta es un nadar incierto.

Estoy con uno de Laurent Gaudé que me recuerda mucho, no sé por qué, al Pedro Páramo de Rulfo. No sé si es que en alguna ocasión lo he abierto antes y me he puesto a leer algunas páginas. El libro y lo que cuenta me resultan familiares. Está bien escrito. Promete. Ya se sabe que no sólo de fundamentales vive el hombre. "El sol de los Scorta" se titula. Ya contaré si la aventura tuvo final feliz o no.

miércoles, 15 de julio de 2009

Neruda, algo había

En cierta ocasión, en un artículo que titulé Letras del Mar, a propósito de Neruda y después de una mención a la inmortal bestia de Neville, decía esto: ...las que con pluma de agua escribiera doña Delia del Carril, ante la imposibilidad de arponear al gran cachalote autor de «Los versos del Capitán». De haberlo sabido, quizá, aquel enero de 1952 la doña no hubiera viajado a Santiago de Chile, sino a Capri, donde el poeta le estaba echando veinte poemas de amor a la mucama Matilde Urrutia, mientras su esposa, al otro lado del mundo, entonaba no más que una canción desesperada. Luego la Urrutia, la que fuera «doméstica» de los Neruda, lo contaría todo en una breve obra póstuma que, sin sutilezas, alguien tituló «Mi vida junto a Pablo Neruda», publicada por Seix Barral.

Me ha venido Neruda al magín porque, aunque no es poeta al que admire con pasión, ni mucho menos, sí creo que hay que reconocerle el mérito de haber escrito -y publicado- esos "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" que, muy pronto, se convetirían en el libro de referencia de cualquier enamorado con ganas de decirle cosas bonitas a su novia, pero sin posibles. Me gusta mucho, tanto que ya no sé cuánto me gsuta, el final del poema número veinte. Cuando escribe:

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Por lo demás, algún día hablaremos del Neruda más mediático, del humano Neruda que de poeta tuvo lo que un servidor de fraile teatino.

viernes, 3 de julio de 2009

Vivir en la plaza del mundo

Pido disculpas por no haber hecho acto de presencia estos últimos días. Dudo que haya alguien interesado en estas notas que voy dejando a la espalda de los días, de mis días, pero, por si acaso, mis disculpas. Y lo cierto es que tampoco tengo mucho que contar, salvo que me he metido con un libro de ensayos que Javier Rodríguez ha preparado con materia y material de Juan Bonilla. Había leído algunos relatos de Bonilla y me habían parecido de un nivel nada desdeñable. Había iniciado la lectura de "Los príncipes nubios", pero algo acabó interponiéndose -a destiempo- entre el libro y yo. Sin embargo, ahora, después de haber leído algunos de sus ensayos y de haber topado con alguien capaz de recorrer medio mundo trás la primera edición de un libro ya casi olvidado, me he convencido de que el Bonilla que ahora leo y es mucho mejor que el Bonilla que intuía hace apenas unas semanas. El libro se ha publicado en una colección bisoña llamada "Renglón seguido". He de decir, además, que el texto introductorio del libro no desmerece en nada al resto de la obra. Todo a mucha altura, todo a excelente nivel. Hay libros que te reconcilian con la lectura y textos que te echan el guante -por la cara- y te desafian. Es el caso. Se titula "La plaza del mundo". Ya he pedido empadronarme en el número siete, primero derecha; al lado de Calvino, enfrente de Maiakovski, junto a Bonilla y a sus fieles mascotas: un puñado de libros de colores y de voces encerradas en páginas de papel viejo, como de segunda mano. Ya saben dónde encontrarme; al menos, por un tiempo.

viernes, 26 de junio de 2009

Luis Alberto de Cuenca, el goliardo

El pasado jueves -¡coño!, de eso hace ya una semana- se celebró el cuarto y último -por ahora- simposio en la bodega Estancia Piedra de Toro. Esta vez fue Luis Alberto de Cuenca el encargado de escanciar versos en copas de vinos... o ¿era escandir vinos en copas de versos? No sé, ya no lo recuerdo bien, debe de ser cosa del Alzheimer. Lo cierto es que llegar hasta la bodega, magnífica, impactante, fue toda una aventura. Una tromba brutal de agua, como una gotera incontenible, cayó del cielo, y durante unos minutos se paseó entre los viñedos para lavarles la carita y dejarlos en pelota, a cuerpo gentil, sin el vestuario de sus pámpanos y sin el adorno de sus racimos. Un pequeño gran desastre de esos que la naturaleza provoca cuando una tarde cualquiera de junio se aburre de la canícula, impropia, asfixiante, mortal. Cuenca la tomó con los goliardos y nos ilustró sobre aquellos "monjes" giróvagos y vagos a partes iguales. Unos tíos que inventaron el arte de vivir sin hacer y de hacer un sinvivir de versos escarnecedores, alegres, casi inmortales. Cantos a la vida, al placer, al vino, a Baco, al carpe diem, al collige, virgo, rosas, al dolce far niente"...

La charla fue amena y para todos los públicos. Nada de exuberancias academicistas ni de elevaciones del terreno mental. Sencillo y llano, como deben ser todas las cosas profundas y bellas. Y belleza hubo mucha. Creo haber puesto ya algún poema de Cuenca por aquí. Ahí va otro:

El fantasma

Cómeme y, con mi cuerpo en tu boca,
hazte mucho más grande
o infinitamente más pequeña.
Envuélveme en tu pecho.
Bésame.
Pero nunca me digas la verdad.
Nunca me digas: «Estoy muerta.
no abrazas más que un sueño»

jueves, 18 de junio de 2009

Comienza el baile

Comienza el baile de la poesía. Nadie sabe hacia dónde vamos y prueba de ello es que editores, poetas y críticos ofrecen un panorama tan ecléctico como insondable. Hay quien, como Visor, apuesta por los caballos que se entrenan en sus propias cuadras y pistas; hay quien, como Robayna, denuncia el cambalache en el que se ha convertido el putimundo de la poesía moderna: con sus premios por convenio, sus premiados "ilegidos" y su "póngame cuarto y mitad del Loewe, media rueda de tren y un manojo de Melillas".

La poesía siempre fue un acto de fe, un creer en la indigencia como modo de vida asegurado y futuro. Hoy eso ha cambiado. Los poetas escanden versos sobre el suelo como si fueran banqueros de un cuadro de Quentin Metsys. Sopesan el tintineo metálico de cada palabra y el beneficio neto de sus estrofas. Y eso es lo que le vamos a legar a nuestros descendientes: una poesía bursátil y un compendio de libros de economía, en verso.

martes, 16 de junio de 2009

A la muerte de Ullán

Al parecer, no ha caído en muelle un artículo publicado en ABC en el que se aludía a la muerte de José Miguel Ullán, el poeta. Ullán fue un tipo generoso en torno al cual creció un grupo de escritores y poetas que hoy vemos en todos los escaparates de librería. No fue un poeta de mi gusto ni de mi son en vida y tampoco lo será una vez muerto. Dicho lo cual, no creo que la muerte de Ullán ni de casi nadie sea motivo de alegría, como alguno ha querido hacer ver. Sin embargo, no es un servidor de los que se pliegan al barniz idiota con que nos trata de cubrir este mundo cainita y demagógico de lo políticamente correcto. En España, hay que morirse para que hablen bien de uno, eso es cierto; pero cuando a alguien le da por decir lo que piensa o, simplemente, la verdad ante el óbito irremediable, entonces se juega el tipo si esa verdad no es una verdad de obituario, es decir, tan buenista como posiblemente falsa.

El artículo, por lo demás, denunciaba otras cosas mucho más tangibles y sucedidas. Ullán pasaba por allí en aquel momento, camino de la eternidad, y se encontró con el pastel. Pero mi respeto hacia él, hacia su muerte y hacia su obra.

AUnque no por ello dejo de desear que a Ullán la historia le reserve el sitio que se merece; que sus obras vuelen el tiempo que los lectores le quieran conceder; y que todos aquellos que crecieron al calor de su sombra lleguen donde sus literaturas quieran y puedan llegar. Ut vales!

martes, 9 de junio de 2009

Una noche cualquiera

El escenario es una noche cualquiera en la que tu mujer, de la que estás muy enamorado, ha decidido salir a cenar y a tomar unas copas con sus amigas -pero sin ti-. A primera vista todo es perfecto: tranquilidad, tiempo para leer, para pensar en soledad, para ver, incluso, la caja tonta -encedida o apagada- o para recordar a aquella novia de la juventud perdida. Al principio, piensas que cada vez son más raros y escasos esos momentos que te ha regalado esta noche; hay que aprovecharlo, te dices y te dispones. Sin embargo, a medida que pasan los segundos, los minutos, las horas la imaginación, esa loca que nos enloquece y que a veces se viste con las ropas del amor, se va apoderando de tu tiempo, de tus pensamientos, de tu cabeza, de tu alegría primera y, poco a poco, va torciendo y distorsionando tus buenos deseos, tus pensamientos puros, tu cabal manrea de entender una noche de amigas. Con medida exactitud, segundo a segundo, te va suministrando veneno en forma de inquietudes, de escenas que sólo existen en tu mente, de dudas y de imágenes cargadas de ilusionismo barato. Y te imaginas a tu mujer gozando de la noche y de las criaturas que la habitan. Al fin, todo eso te provoca, te remueve, te reconcome por dentro hasta depositarte en brazos de la una irracionalidad manifiesta y de una violencia verbal que te delata. El amor-imaginación te ha transformado en un ser despreciable y brutal.

Todo esto se pude contar así o así:

Vicente Gallego pertenece a una generación de poetas más impostada que real, pero al menos él.... es un buen poeta.

jueves, 4 de junio de 2009

El río de vuelta

Después de muchos años, tantos como tengo, he llegado a una conclusión: en esta vida, como decía Chaplin, a lo más que podemos llegar -la mayoría- es a ser aficionados. Me viene esta idea a la cabeza porque, de vez en cuando, me imagino esto que llamamos vida como un río que baja hacia la montaña. Un río de vuelta, sí. Así, cuando nacemos, somos como un gran estuario capaz de abarcarlo todo, un estuario en el que se comprenden una infinitud de posibilidades, una ola de potencialidades inabarcables, un mar de futuros. Sin embargo, a medida que pasan los días, los meses, los años, ese río de vuelta va encajonándose, achicándose, acercando orillas y, con ello, uno va dándose cuenta de que en la vida sólo se puede trazar un arroyo chico, poca cosa más que un regato. Esto equivale a pensar que, sin metáforas, en la vida sólo se pude destacar en algo concreto -y aun no siempre-. Cuanto antes sea uno consciente de ello, antes logrará que su río vital, de camino a la montaña, se estreche y tome el curso correcto. Hay quien, como esos grandes deportistas o ciertos genios prematuros, logran encauzar su vida a edades muy tempranas; hay quienes, por diversas consideraciones, tardan mucho más tiempo; pero, al final, sólo aquellos que son capaces de elegir una cosa entre la inmensidad de posibilidades son quienes -y ya digo que no siempre- logran alcanzar su objetivo. Luego, evidentemente, está la suerte, que es el noventa y nueve por ciento que le falta a toda esta explicación.

He tardado muchos años en comprender esto. Quizá ya sea tarde.

jueves, 28 de mayo de 2009

Rómulo Celdrán


Me ha costado varios días entender por qué los de la Revista de Occidente me han enviado un ejemplar a casa. Al principio, nada más abrir el sobre, he pensado que, como me dedico en mi tiempo ocupado a escribir sobre literatura en algún periódico, querrían que estuviera al tanto de lo que hacen. Sin duda, error. Después le he echado un ojo al contenido, como siempre interesante -creo que si Ortega levantara su tamañuda cabeza se sorprendería de que aún, en un país como España, sobreviva una publicación lietararia despúes de tres cuartos de siglo-. Al final, por esas cosas que tiene el ojo, me ha llamado la atención el dibujo de la portada. ¡Eureka!, he ahí la explicación. La portada del último número de la Revista de Occidente viene ilustrada por Rómulo Celdrán, mi amigo -lo anuncio para que nadie piense que ni soy ni quiero ser objetivo en lo que voy a decir-. A Rómulo Celdrán le dediqué un artículo hace un par de años porque, desde que me tropecé con sus obras, hace ya casi una década, me hice romuliano y celdranino a pies juntillas. No soy ningún experto en arte; yo, como Chaplin, a lo más que aspiro es a ser aficionado. Pero lo que sí sé es distinguir un Vega Sicilia de un Don Simón, y aún de otros mejores. Rómulo Celdrán es, sin duda alguna, Vega Sicilia del bueno. No pretendo, ya digo, ser objetivo, pero su obra tiene boca propia. Y para demostrarlo lanzo una pregunta: ¿conocen ustedes a alguien capaz de tomar fotografías con un lápiz? Pues esa es sólo una de las muchas virtudes que adornan a este murciano al que los canarios quieren hacer guanche a toda costa. Y no me extraña.

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lunes, 25 de mayo de 2009

Sobre cuadras y caballos

Las cuadras en literatura son un invento del siglo XX. Bien es cierto que siempre han existido generaciones, movimientos, grupos, facciones literarias..., pero cuadras, entendidas como esos cogollitos de escritores-caballos (da igual el género en el que alumbren o troten) que se promocionan mutamente, se premian mutuamente, se invitan a saraos literarios mutuamente, hacen caja conjuntamente y se amparan en alguna figura "prebostérica" recíprocamente, esas no han existido hasta que el dinero, el poder y la notoriedad social se fijaron en la literatura como algo con muchas más posibilidades mercantiles que estrictamente literarias.

En poesía ocurre igual -no hay más que ver cómo estos días andan poniéndose a caldo "ullanistas" y "visoristas"-. Es evidente que la calidad de un escritor, hoy en día, no le garantiza en absoluto la fama. Es más, a veces puede incluso hacerle de serretón y freno. Para triunfar uno tiene que entrar en boxes y amoldarse a tal o cual cuadra, aceptar su patronato y rendirse al catecismo de su pienso y abrevo. Si no, sus obras no saldrán nunca del cajón. Éste es el signo de nuestros tiempos. Qué dífícil resulta por ello, a veces, negar la tozudez del aserto manriqueño. Ya saben, aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, querido Rocinante.