miércoles, 27 de julio de 2011

Los ojos de la emoción

A veces la poesía se encierra en unos ojos callados y en el corazón que dicta la música con su latido sincero. Hay gente que quisiera ser rica para poder mostrar su fondo desfondado, un servidor se conformaría con ser exactamente rico como para poder asistir a algo de este calibre en el Metropolitan. Todo lo que no permanece se escapa al poder inmenso de la emoción vivida en el momento exacto, en el lugar preciso, en la compañía justa. Si hay alguien en el mundo capaz de no emocionarse ante la contemplación de algo así es que el ser humano ha tocado fondo finalmente. Ya sólo queda el espanto de agotar la vida por su superficie, sin adentrarse en honduras -y mucho menos en tegucigalpas-. Quede la música y el espectáculo concebido al servicio de la emoción.

Aquí

lunes, 11 de octubre de 2010

Poesía Incompleta. Alejandro Alonso

Pago deuda con palabras. Deuda contraída, y expandida aquí y ahora. De un volumen inédito titulado "Poesía incompleta" rescato algunos retales de un poeta desconocido, heredero atemporal de grandes como Antonio Machado, Unamuno, Bécquer o Gerardo Diego. La suya, al decir de su hijo que prologa el volumen, es una poesía de verso desnudo que refleja tanto la austeridad del paisaje castellano, como la pureza cristalina del aire de esta tierra. Hay un gran poeta tras esa palabra desconocida e inédita. Tienen estos versos marchamo de verdad, de aliento y estro, divinos y humanos, ambos, al mismo tiempo, a la vez.

Muchas veces se los oí recitar de memoria, la suya lo era prodigiosa. Capaz de enlazar y lanzar largas estrofas de poemas inmensos. Los suyos, de chispa vital y alta alcurnia, nos hablan del hombre, de la tierra, de la amistad, de la cotidiana manera de vivir cotidianamente. Un lujo para el alma; alimento hecho palabra.

Dejo un par de muestras, por si alguien gusta degustar.


MADRE MUERTA

Tenía la expresión dulce y serena
de quien supo enjugar con su ternura,
de la vida el dolor y la amargura
y el áspero camino de las penas.

Seda y marfil, por el dolor vencidas,
sus manos sobre el pecho reclinadas,
eran brillo de perlas nacaradas,
y eran noche de estrellas encendidas.

Ni las más puras gotas del rocío;
ni la escarcha de enero junto al río,
ni las aguas más claras de la fuente,

podrán nunca lograr en su albedrío
imitar ni acercarse al señorío
de la blanca hermosura de su frente.


EL TORO

Del desafío al encuentro,
relámpago en noche oscura,
trapío, casta y bravura,
puñales cortando el viento.

Gran señor de los jarales,
gran señor de las praderas,
y en las plazas postineras,
orgullo de mayorales.

Silueta de recia entraña,
forjada en fragua caliente;
¡Ese es el toro valiente!
¡Ese es el toro de España!

Habrá más...

lunes, 20 de septiembre de 2010

La noche esposa a Miguel Hernández a la garganta de Serrat

No sabrán nunca Caro y Pablo cuánto les agradeceré -agradeceremos- la invitación para revivir a Miguel Hernández. Revivir, digo, porque eso es lo que Serrat hace con el de Orihuela en este nuevo proyecto -es mucho más que un disco o una gira- llamado "Hijo de la luz y de la sombra". Sombra que, como la claridad de Claudio, siempre viene -también- del cielo. Y del cielo cae uno cuando termina de escuchar a Serrat y baja a la tierra de papel y busca, una vez más, los poemas de Miguel Hernández y se estremece y se duele y se marchita y se empequeñece ante la dimensión gigante y sobrenatural del poeta muerto.

Vuelvo ávido de imágenes y palabras siempre nuevas a sus versos y contemplo: "eres la noche, esposa: la noche en su instante / mayor de su potencia lunar y femenina... Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje / su avaricioso anhelo de imán y poderío... La sombra pide, exige seres que se entrelacen, / besos que la constelen de relámpagos largos, / bocas embravecidas, batidas, que atenacen, / arrullos que hagan música de sus mudos letargos...."

Y me voy haciendo sombra y después nada. Nada ante la significancia de tanto hombre, de tanto verso, de tanta belleza. La muerte, a veces, debería respetar al arte y hacer inmortal la carne de algunos poetas, para poder seguir mordiéndoles los versos y libándoles las palabras, como un enjambre de abejas laboriosos filtradas por tus poros.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

A C - y no hablo de hoteles -

Seguro que más de uno pensará que he estado de vacaciones casi... ¡tres meses! ¡Qué vergüenza! Pero, no. Se equivoca. Simplemente he estado vago. Unos días por otros: el trabajo, los viajes, el nada que contar. Eso es lo peor de todo: el nada que contar, ni cantar. Por eso, hoy me he dicho: de aquí no pasas; o te pones a escribir algo en el blog, o...

En fin, que aunque sin mucho que decir, aquí está uno de nuevo, obligándose, para desempolvar algún viejo poema. Tengo pendiente dedicarle una entrada a Alejandro Alonso, un poeta desconocido; tan desconocido como poeta. Será la próxima entrada, sin duda. Espero que les guste. Poesía clásica, pero de un nivel excepcional.

Por el momento voy a... volver a otro clásico, a un clásico vivo, probablemente al mejor poeta vivo que conozco y leo, que conozco porque leo. De su obra Astrolabio 1975-1979 rescato:

El camino cegado por el bosque

Créeme, no es piedad lo que siento por ti,
ahora que estoy lejos, sino un recuerdo herido.
Por ti y por el camino cegado por el bosque
que no pude seguir aquella noche joven,
perfumada y abierta como el cuerpo de un pino.
No es piedad, sino una sensación de fracaso,
de suave y entrañable dolor que nunca cesa.
Fuiste buena conmigo en mis días de entonces:
me diste cuanto soy, este veneno dulce
que me impulsa a luchar contra el mar, contra el tiempo
y contra el mismo amor de los que bien me quieren.
No es piedad, aún te busco en la noche perfecta,
deseoso, sediento de tus colores ácidos,
de tus estrellas frías, de tus ramas y ríos
helados tras los cielos del más hermoso invierno.
Te lo digo dolido y con los ojos húmedos,
aunque la mente esté segura, serenada:
no te pude tener más cerca, pues mis labios
llegaron a rozar tus nieves, tu horizonte.
No es piedad, créeme; sólo sé que una tarde
avanzada, profunda, descendí de aquel monte
puro y purificado como un fuego de junio.
Creí volver a ti definitivamente
y me encontré el camino cegado por el bosque.

Antonio Colinas

viernes, 11 de junio de 2010

De Biedma viene Aganzo

Hoy tendría que dedicarle a Carlos Aganzo la entrada porque acaba de ganar el Gil de Biedma, pero he pensado que por qué no a don Jaime a quien todavía no traté. A Aganzo la enhorabuena más cordial. Es un grande. Lo merece. A Gil de Biedma, pues, estas palabras.

Siempre he pensado que si le tuvieran que hacer una película su papel debería interpertarlo Resines -el parecido es asombroso-. Biedma fue y es un gran poeta. Podría dejarlo aquí porque con eso estaría dicho todo, pero me resisto a no dejar alguna pincelada sobre su obra, sobre su persona. Siempre entre la "escila" de una poesía pura, desnuda y llena de verdad y el "caribdis" de una condición vital que le hizo padecer sobremanera. Hoy Biedma casi hubiera sido un privilegiado: poeta, homosexual y hombre de vasta cultura. Extraña combinación.

A Biedma le sonaban las palabras a verso. Pudo vivir como el burgués que era, y vivió, pero añoraba una casta intelectual mucho más cargada de momio, de hechos, de miga. Se encontró, en cambio, una grey intectualoide y castrada por la mancha de lo político, de todo lo político, y prefirió dejarse ir y acabar haciendo de la literatura y de la poesía sólo una cruzada fallida. Como Cernuda, Biedma a su poesía le hubiera dejado escrito: "Si no te conozco, no he vivido; si muero
sin conocerte, no muero, porque no he vivido."

De Gil de Biezma:

Amor más poderoso que la vida

La misma calidad que el sol de tu país,
saliendo entre las nubes:
alegre y delicado matiz en unas hojas,
fulgor de un cristal, modulación
del apagado brillo de la lluvia.

La misma calidad que tu ciudad,
tu ciudad de cristal innumerable
idéntica y distinta, cambiada por el tiempo:
calles que desconozco y plaza antigua
de pájaros poblada,
la plaza en que una noche nos besamos.

La misma calidad que tu expresión,
al cabo de los años,
esta noche al mirarme:
la misma calidad que tu expresión
y la expresión herida de tus labios.

Amor que tiene calidad de vida,
amor sin exigencias de futuro,
presente del pasado,
amor más poderoso que la vida:
perdido y encontrado.
Encontrado, perdido...

jueves, 20 de mayo de 2010

El Stradivarius de Janine

Ayer mismo me compré un Guarnerius. Probablemente sea más falso que la moneda de la copla, aunque en mi caso y al contrario de lo que dice la letra de esa famosa tonada, éste no va a ir de mano en mano. Me han asegurado que en el interior lleva grabado el preceptivo "Giussepe Guarnerius fecit... Cremona 1733. JHS". ¡Vaya usted a saber! ¡Falso, seguro! De toda falsedad. Pero, y si no...

Por el precio casi estoy por asegurarlo, aunque visto de cerca -en foto- pudiera ser que... En fin, que cuando lo tenga en mis manos ya veré si es un Guarnerius Kreisler de 1733 o una mala copia de Dios sabe cuándo y dónde. El problema es que no pude resistirme. Esos malditos chismes siempre me han atraído una barbaridad. Me resulta increíble que con una simple caja de madera -cuerpo-, un mastil, un clavijero, unas cuerdecitas y un palo largo con hilitos se pueden hacer cosas así:



Claro está que quien interpeta en este vídeo no es cualquiera. El fondo musical lo pone Janine Jansen ejecutando magistralmente "El Invierno" de Vivaldi. Abrazada a un Stradivarius Barrere de 1727 -valorado en 3 ó 4 millones de euros-, la Jansen es un espectáculo indescriptible. La combinación es sencillamente perfecta. ¿A que sí?

martes, 11 de mayo de 2010

Insatisfaction

Como una canción matizada de los Rolling, soy un hombre diariamente insatisfecho. Sólo hay dos o tres cosas que me llenan, y tienen nombre propio. Muchas veces, cuando creo haber dado con el ancla que me clavará a una ilusión, con el muerto al que amarrar el barco de las horas y las ocupaciones, sé que me estoy equivocando; una vez más. Va ya para muchos años de ello y la esperanza (no) se agota. A veces, incluso, pienso que esa es realmente mi satisfacción: trasnsitar el paso del tiempo con la firme intención de ser siempre un ser insatisfecho. Segura sentencia, sereno silencio.

Entiendo algo a Juan Ramón cuando tachaba y releía y reescribía y retachaba y rompía y retomaba rabos y cabos de poemas para saber que nunca acababan de llenarle. Esa insatisfacción constante en la poesía juanramoniana se parece mucho a la prosa de mis días.

De Juan Ramón

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
-¡Oh corazón falaz, mente indecisa!-
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan ligera
cual estival vilano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...!
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu cambiar trocóse en nada
-¡memoria, ciega abeja de amargura!-
¡No sé cómo eras, yo que sé qué fuiste!

martes, 4 de mayo de 2010

El almirante ruina

Lo bueno que tiene la vida es que está llena de esquinas. A la vuelta de una de ellas, me he encontrado con este blog que me ha encantado. Admiro y hasta envidio esa capacidad que tienen algunas personas para marcarse un objetivo, una meta, un reto -a largo plazo-... y cumplirlo. El reto de escribir todos los días, regalar un poema y una música -no siempre una canción- me parece elevado y digno de aplauso.

Felicito a José María por ello, a quien no conozco, y le animo a seguir con su lid, con su rutina -la rutina es una esclavitud que suele otorgar libertad-, con su empeño de regalar, de regalarnos, cada día un texto, un poema, una reflexión, una música.

Un blog cuidado y cuidadoso, unas aguas donde bucear y extraer -extractar, también- literatura no demasiado usada, palabras poco vistas, moda semántica a la última y a la primera. Un lujo.

Por la lectura de estas palabras, se regala poema de Panero...(Leopoldo María)

Ars Magna

Qué es la magia, preguntas
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas,
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada
y volviendo solo a la habitación.

"Poesía" 1970 - 1985

viernes, 16 de abril de 2010

Cuando sopla Gallego

A veces sopla el gallego y nos trae la poesía. El poeta Vicente Gallego es un viento de otra parte, un huracán, a veces, que no necesita presentación. A Gallego no le había dedicado aún ninguna entrada -repasando me doy cuenta de que sí, sí le había dedicado una. Es el Alzheimer que no se olvida de mí-. Me he acordado -tampoco sé por qué- de repente de ese poema suyo titulado "Échale a él la culpa". Se trata de un poema pleno de experiencia y bien calculado para caber en las probetas de esa poesía que marca a las últimas generaciones de poetas. No obstante, es bueno...o, al menos, a mí me gusta bastante.

Es más, me gusta bastante la poesía de Gallego porque sopla fresca y sabe a algo. No puedo decir lo mismo de otros muchos que lo acompañan en su generación; no puedo decir lo mismo de sus prosas -aunque no sean muchas-. Pero sí lo puedo decir de su poesía. Gallego es un buen poeta, un estupendo poeta con la capacidad -inusual- de hacer poesía casi con cualquier cosa, con un girón de recuerdos o con una retahíla de sensaciones.

Éste es caso. Aquí dejo un poema suyo para disfrute del respetable... Que nadie quiera ver en ello otra cosa que poesía y gusto de lector. No vaya a ser que se malinterprete el gesto... y la tengamos.


Septiembre, 22

Me dices que es absurdo el universo,
que la vida carece de sentido.
Pero no es un sentido lo que busco,
cualquier explicación o una promesa,
sino el estar aquí y a la deriva:
una simple botella que en la playa
aguarda la marea.
Sí, la palabra justa es abandono:
una dulce renuncia que me nombra
señor y dueño al fin de mi camino.
Queden hoy para otros
los afanes del mundo, y que mi mundo sea
la magia de esta casa
tomada en su quietud por la penumbra,
saber que nadie llegará
a interrumpir mi tarde,
que no habrá sobresaltos,
ni voces, ni horas fijas,
porque ahora es tan sólo transcurrir
mi gran tarea.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Omag


El título evoca a algún relato desgajado de la Mil y Una Noches; quizá la historia de algún bandido con ese nombre o de algún príncipe persa besado por las palabras de Scheherezade. Pero, no. Omag es una excelente fábula futurista, una preciosa narración que nos acerca un futuro con el que casi todos hemos soñado alguna vez, pero del que casi nadie sabríamos dar cuenta con tanta precisión, con tanta soltura, de una manera tan creíble, como si alguna vez se hubiera vivido. Quien está dotada de ese don es Raquel Pardo, la autora.

La historia de Omag, del manantial -ese es su significado- de la esperanza es la historia de un mundo que se muere, de una joven llamada a salvarlo, de hermandades planetarias, de estrellas al alcance de la mano, de una máquina, la de la desmaterialización, que sería un sueño infinito en la mente de alguien como Julio Verne, si hubiera alcanzado a soñarla.

No ser un libro con campaña de marketing a la espalda, lo hace, si cabe, más apetecible, más auténtico. Omag es omag. La narración es inteligente, el libro está bien contado y entretiene, entretiene mucho. El final es un final como su principio: lleno de esperanza. A veces la poesía se escribe de forma muy distinta.

viernes, 26 de febrero de 2010

Bautismo de recuerdo


Ayer, era por la tarde, bautizamos a Carlos Aganzo. No es que Aganzo llevara el estigma del pecado original aún sobre sus hombros, más bien es que alguien decidió que había bautizarlo y recordarle que ante todo, ante todos, es poeta, alta responsabilidad en un mundo gobernado por la prosa más baja.

En la vieja casona de otro poeta, José Zorrilla, Aganzo recibió, como una vacuna, una dosis de recuerdo. Fue rebautizado e hizo votos de ser poeta por encima de todas las cosas.

Lo apadrinaron otros tantos que leyeron versos de su última obra "Caídos ángeles". Aganzo es un gran poeta, quien lo probó lo sabe. Me gustó especialmente la lectura de "Los marineros de la Burela" en la voz de Fermín Herrero -a quien deseo que hoy la Crítica de Castilla y León premie-. Fue un final feliz.

El acto emotivo, cercano, recoleto y fresco supo a mucho y a poco. Habrá que fecilitar a quienes lo han ideado. Entre amigos, bien es verdad, todo es más fácil. Para el rito del bautismo el agua se hizo metáfora de vino y un brindis, zorrillesco, sirvió para celebrar, para celebrarlo, para celebrarle a él, a Carlos, por poeta.

Dejo aquí este poema -por no tener a mano el que quisiera- para medirle la altura.

FINALIDAD DEL ALMA

Recuerdo una frase bella indefinida
como un beso viejo
que ha perdido el olor aunque mantiene
temblor sin superficie.
Recuerdo un rostro amado en la distancia
como el polvo seco
que ha dejado una hoja del otoño
antes de ser aire.

Recuerdo tu ausencia
como un dolor de manos;
una oración que dice:
"La finalidad del alma es el deseo".
Y después, el silencio.

Manantiales. 2002

jueves, 21 de enero de 2010

¿Y tú?

Reconozco que he estado perezoso estas últimas semanas. Les he dado vacaciones a mis palabras y hasta hoy no habían vuelto. ¡Qué gentuza! Lo cierto es que me son bastante infieles -aunque seguro que ellas dirán que justo es al revés; las conozco-. Se van de vacaciones con cualquiera y me dejan aquí con ganas de escribir, pero sin materia para hacerlo.

Después de llamarlas y rogarles que volvieran pronto, como un amante idiota y embedido, me han hecho caso y aquí están de nuevo, en este año que ya está para cumplir la duodécima parte de su vida -la que ya no ha de volver-.

Hace unos días, alguien que me aseguraba leer este blog habitualmente -y a quien le agradezco que gaste su tiempo en ello- me pidió que por qué no, en lugar de poner poemas de otros, ponía alguno mío. ¿Y tú?, me preguntó. ¿Tú, por qué no? Primero, le dije, porque yo no soy poeta y, segundo, añadí, porque es más fácil hablar de lo bien que lo hacen otros que convertirte en el animalito al que la gente contempla en su jaula, al pasar. Observado y juzgado, quiero decir. Pero allá va. Un poco de valentía, si prometen ustedes no ser demasiado duros, y algo sencillo, "como adolescente", sin pretensiones, malo, tal vez. Seguro estoy, de que voy a arrepentirme...

Hoy

Hoy sabe a vacío la mañana.
Se cumplen veinte días sin aliento,
sin un Bóreas, un Noto, un Céfiro;
sin más soplo que el silencio
silbando oscuro, obsceno.
Os presiento, horas dolorosas,
minutos pausados, segundos…

Hemos salido de un nosotros
con tientos de morder un
tiempo que envenenamos juntos
en la distancia, ayer, hoy, lejos.
Asumo la certeza, condena grave,
de que no volverás a coser ya
la carne de tus besos a mis besos.

No habrá remiendo de pasados
ni esperanzas de doblar las horas.
Este reloj que nos arrastra
marca el compás lento a lento.

Hoy sabe a vacío la mañana,
lo repito y te lo entrego.
Haz con ello lo que quieras,
pañuelo seco, lágrima quieta.
Al fin y al cabo, solo un verso.
Una caja en la que encerrar
todo lo que fuimos, lo que somos,
lo que ya nunca, quién sabe,
tal vez seremos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

El amigo -poeta- imaginario. Mesa Toré

De repente uno abre un libro que ha esperado con impaciencia desde que le pidió a Miguel, su librero de confianza -todo el mundo debería tener un librero de confianza, como se tiene un médico de cabecera o un abogado de prestigio-, que se lo buscara. Se trata de La flor de Californía, de Jose María Hinojosa -a quien tengo que dedicar, en cuanto tenga un rato, una entrada en el blog-.

Me dispongo a bucear en un texto considerado el primer testimonio de surrealismo literario español. Estoy impaciente, pero ¡vaya!, hay una introducción. Habrá que leerla, pienso, porque a veces este tipo de textos tienen hasta un punto o punto y medio de interés. Me lanzo al agua con los pulmones repletos de oxígeno, para poder aguntar de un tirón y sin respirar. No he llegado al final de la primera página, breve, sencilla, impresa en el tamaño en el que suelen ahormarse las obras breves para que pasen por largas, y ya estoy exhalado, angustiado, sin aire. Muerto.

No aguanto la curiosidad y me lanzo a ver quién ha escrito aquellas palabras. Se llama José Antonio Mesa Toré. No lo conozco... o sí. Me suena de algo. Este tío, pienso, escribe como los ángeles. Hacía mucho tiempo que no me estampanaba contra una pared de palabras tan bien construida. A medida que avanzo me voy empapando de Toré, me sacia esa manera de tejer, de unir, de ir cosiendo unas frases a otras, unas ideas al volante de las siguientes.

Me interesa e indago. Es un tipo joven o, al menos, supongo que eso pensará él. Filólogo, ergo raro, como un servidor, que escribe cosas así

Ti voglio bene

Me envías una escueta postal de tu viaje
con unas cuantas faltas leves de ortografía
- aunque eso no importa, ya sabes mi manía
de perseguir tus líricas traiciones al lenguaje-.
Hablas de la ciudad, del mediocre hospedaje
en pleno centro de Florencia y todavía
hacia el final te tiembla la azul caligrafía
cuando dices que sientes mi sombra entre el paisaje.
¿Quién puede comprenderte, mi lejana turista?
Hoy me mandas suspiros, promesas, algún beso,
y ayer mismo huías con un hasta la vista.
No temas: estaré aguardando el regreso
en el sitio fijado y a la hora prevista,
para ver como un tonto las fotos del suceso.

(De El amigo imaginario)

Doy el día, ya, por bien empleado. He aprendido algo nuevo... y mucho.

martes, 24 de noviembre de 2009

Yo, Claudio... Rodríguez

Como en la novela de Robert Graves, he aquí un ser destinado a la nada que supo batir su palabra y su verso contra todo y contra todos. La historia de Claudio, el emperador romano al que todos querían dejar a un lado, pero al que la historia, esa gran trágica de la comedia humana, quiso poner al frente, en el puesto del abanderado, donde dicen que se sitúan siempre los más altos, los más fornidos, los más visibles... es la historia reconvertida de Claudio Rodríguez. El poeta emperador.

Como a otros grandes genios de la literatura, a Claudio Rodríguez le bastaron cinco obras para entrar en el Parnaso moderno. Con mimbres parecidas lo lograron, casi de manera coetánea, Borges y Rulfo, ¡qué curioso! Sería el agua...

Pero a Claudio le hubiera bastado su primer libro "Don de la ebriedad" para llegar al mismo sitio porque "siempre la claridad viene del cielo", y esa claridad es rotunda, nítida y brutal. Lo es en muchos de sus poemas, en la mayor parte de sus versos. Y bien sabía Claudion que, a poco que se lo propusiera, "llegaría hasta el cielo si no fuera / porque aún su sazón es la del árbol." La del árbol que echa raíces en el lector diez años después de su voz apagada, para recordarnos que una vez, hace una década, se murió un poeta y nos legó su imperio.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Alfonsina y Horacio

Voy a aplicar ese viejo axioma periodístico que dice: no dejes que la verdad te estropee una buena noticia.

La muerte de Alfonsina Storni, la poeta de América, puesta en verso por Ariel Ramírez y Félix Luna en su Alfonsina y el mar, y en boca de Mercedes Sosa, que la cantó como nadie jamás, es uno de esos mitos que merecería la pena que no lo fueran.

El 25 de octubre de 1938, frente al Mar de Plata, Alfonsina Storni, cansada de creer en la resurrección de Horacio, uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos, su amor inconfeso, se adentra poco a poco en las aguas saladas. Su cuerpo, vestido de mar, se sumerge y con él la vida. Pocos años antes, Quiroga, el extraño Quiroga, el mismo hombre al que habían abandonado todas las mujeres de su vida y que, asustado ante la perspectiva de una muerte atroz a manos de un cáncer, había decidido quitarse la vida como si fuera un poeta -bebiendo cianuro en presencia de un ser monstruoso al que había liberado de su encierro- la había conocido en Montevideo.

La leyenda también cuenta que una noche, entre copas de vino y juegos, al abrazo de la noche y en presencia de unos amigos, Quiroga y Storni, Horacio y Alfonsina, juegan a besar un reloj de bolsillo por ambas caras. Cuando Alfonsina está a punto de posar sus labios sobre la esfera, Horacio arrastra la leontina y sus bocas se encuentran. Es un juego, pero quema... y para siempre.

La leyenda de la muerte Alfonsina Storni es tan bella que no merece la pena saber si es cierta o no. Para ella, allá donde esté, este poema de su amigo Amado Nervo; que resume casi todo...

Autobiografía

¿Versos autobiográficos ? Ahí están mis canciones,
allí están mis poemas: yo, como las naciones
venturosas, y a ejemplo de la mujer honrada,
no tengo historia: nunca me ha sucedido nada,
¡oh, noble amiga ignota!, qué pudiera contarte.

Allá en mis años mozos adiviné del Arte
la armonía y el ritmo, caros al musageta,
y, pudiendo ser rico, preferí ser poeta.
-¿Y después?
-He sufrido, como todos, y he amado.
¿Mucho?
-Lo suficiente para ser perdonado...

viernes, 30 de octubre de 2009

Trabajo en lentos poemas de hierro

Esto decía Carlos Barral jugando, quizá, con las palabras; enredando, tal vez, con los sentidos... con los sentidos de las palabras. A Carlos Barral todo el mundo lo conoce por haber sido uno de los grandes editores españoles del siglo XX. Sin embargo, su amistad con los grandes: Gallimard, Einaudi y, luego, Modandori; su contracorriente escenificada en aquella cita en Formentor -"club" incluido-, en la que los intelectuales -más o menos de verdad- de la vieja Europa se daban cita para cabreo de la dictadura; su olfato para la novela fetén; su gusto literario y su excelente pluma nos hablan de un Barral que fue mucho más.

Hace unos días comentaba con un amigo su "Con el viento a favor", uno de sus pocos textos escritos en catalán -ya traducido-. A Barral el catalán le sonaba a jerga de pescadores -y no era al único-. "Con el viento a favor" es una delicia que describe Cataluña desde el mar con ese aire aristocrático que revestía a los chicos de lo que Joan de Segarra bautizara como la gauche divine, una suerte de izquierda bienviviente y moralizadora de las clases obreras, asentada en la comodidad del trono que otorga ser un hijo de papá. Eran unos cuantos que luego han seguido siendo progres de profesión y de posición -también de postura-.

Pero a Barral, que es quien interesa, se le perodna. A Barral le gustaba buscar escondrijo en su "botiga" calafeleña y navegar en su menorquina, barba y pipa al viento. Un servidor le envidiaba, hasta hace poco, por ello. Pero estos días he podido entender mucho mejor cómo agita la sangre la tierra vista desde el mar. He navegado; he costeado el Mediterráneo, aunque lejos del de Barral.

De Barral, no obstante, me gustan bastantes poemas. Éste, por ejemplo, me gusta mucho más:

A veces

A veces cuando era
temprano todavía para verte
o cuando la ventana
se abría a la distancia y al sonido
de tanto hierro puesto y tanta arena
que cruje a tierra extraña en los caminos
remoto a la esperanza
me volvía a aquel sitio en que dejamos
las soledades juntas y las voces.

Te hallaba limitada
de corazón disperso y de alegría
por todos los costados y flotando
en la noche segura y abundante
que nunca se consuma.

Sin embargo a lo lejos
tan pronto me acogías con los nombres
de las cosas comunes, en sigilo
sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance.

Entonces por entero
reincorporado al límite del cuerpo
volvía a la certeza de la espera.

jueves, 22 de octubre de 2009

La música... de Loquillo

Dice la sabiduría popular que la música amansa a las fieras. No estoy de acuerdo. O sí, pero no sólo. La música puede que amanse a las fieras, pero sobre todo las instruye, las mejora, las doma, puede que las aquiete, las humaniza... porque, a fin de cuentas, todos somos fieras aquietadas, en ocasiones, por el escrúpulo, la vergüenza, la educación o el sentido común. Pero, una vez humanizadas, luego, la música nos eleva, nos llena, nos inspira, nos mueve, nos conmueve, nos hace mejores, nos colma, nos sublima y, a veces, incluso, nos eleva a los cielos. Seguimos siendo fieras, de eso no cabe duda, pero humanizadas fieramente, por suerte, gracias a la música.

Cuando tengo un mal momento -pocas veces- pocas cosas me hacen tanto bien como una buena música, una alegre melodía o una gran canción, como ésta, poco conocida, pero enorme.

Gracias, Loco -y Hallyday, claro-.

martes, 13 de octubre de 2009

Orfandad

(Publicado en mi columna de ABC CyL el 12 de cotubre de 2009. Me ha pedido un amigo que lo suba al blog.)

La dimensión humana de la muerte es algo que, como a tantos -como a todos-, siempre me ha atraído. La orfandad de respuestas que provoca el apagón vital me interesa. Al fin y al cabo, nadie ha sido capaz de ofrecer otra cosa que esperanza, fábula, fe o una iguala de justicia que haga justiprecio con la que sufrimos mientras caminamos por este valle de lágrimas -los textos sagrados no son precisamente la alegría de la huerta-. Pero la dimensión de la muerte lleva aparejada necesariamente otra dimensión mucho más cercana y ¿explicable?: la de la vida.
La lucha de fuerzas entre una y otra es cotidiana, constante, como de andar por casa. Sobre esto nada que decir. Lo que suscita toda esta reflexión es una conversación reciente con Javier García, que acaba de perder a su padre. J. G. es vecino ya de los cuarenta, lo que puede entenderse como un joven con vocación de dejar de serlo en unos cuantos años. La edad, en este caso, es importante porque determina el objeto de estos párrafos. J. G. se ha quedado sin padre a una edad más o menos frecuente. Pero, cuando el otro día le preguntaba cómo se sentía, pasadas unas semanas del duro trance, su respuesta me fulminó: huérfano.
Tantas cosas en tan poco me helaron la palabra. J. G. tiene razón. Nadie habla de orfandad cuando uno ha cumplido determinada edad tácitamente aceptada como la de la orfandad imposible y, sin embargo, ¿quién nos prohíbe sentirnos huérfanos a los veinte, a los treinta, a los cuarenta, a los cien? ¿Es acaso la orfandad un estado legal solamente; o uno tiene derecho a sentirse huérfano cuando le dé la gana?
La pérdida de un progenitor es un duro golpe en cualquier circunstancia. El sentimiento de orfandad, en cambio, es una elección libre; probablemente ligada a la relación entre dos seres mientras la vida fue. Te honra el sentimiento, Javi.

lunes, 5 de octubre de 2009

Roger Hodgson

La música te transporta en ocasiones a lugares del sentimiento que son difíciles de atrapar en la palabra. Eso -o algo similar- es lo que le sucedió ayer a la gente que asistía al recital que Roger Hogdson, el mítico vocalista de Supertramp, en perfecta comunión con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León -a la que hay que echar de comer aparte- dio ayer en el auditorio Miguel Delibes de Valladolid. Decir que fue impresionante sería hacer de menos a una sensación última que parecía asegurarte que cosas así vas a vivirlas pocas veces en la vida. Había algo de nuevo en todas aquellas viejas canciones que han viajado de la cassette al cd sin perder ni un ápice de calidad y permanencia. Contemplar cómo la música de Supertramp, casi toda, parece compuesta para una orquesta sinfónica, no es decir demasiado ni descubrir ninguna América. Aunque lo de ayer rozara el paroxismo.

Bien es cierto que el público que asistió al concierto era un público con la bandera blanca enarbolado desde el mismo momento en que el viejo Hogdson, con su fina melena rubia, su camisa blanca y su aire de indio navajo, salió a escena. En ese momento todo los allí presentes le mostramos nuestra carta de rendición ante lo que suponíamos que iba a llegar... y llegó.

Todo empezó con "Take the long way home". Al terminar, los primeros fanáticos saltaron de su asiento para ovacionar al tío de la guitarra, al señor del piano, al chaval de los teclados, al músico de la voz infinita y atiplada. Luego "Give a little bit" y ahí empezó el frenesí. Supo meterse a todo el mundo en el bolsillo. Invitó al auditorio a silbar una breve canción a coro y desgranó algunas de las mejores canciones de la historia de la música actual; que, además, son suyas: "The logical song", "Even in the quietest moment". "Dreamer", etc. Hasta que llegó una de las que todos esperábamos. Cuando los primeros acordes, lentos, lejanos, leves de la "Fool's overture" empezaron a sonar, la gente ya tenía las manos destrozadas de aplaudir. El final de la obertura fue de película, con Hogdson recibiendo la batuta de manos del maestro Alejandro Posada -un auténtico crack dirigiendo- para dar el "se finito" a la orquesta. Grandioso.

De ahí a los bises y a una última composición que se había echado en falta y que, hábilmente, el exsupertramper había dejado para los postres. Con un "It's raining again" coreado, cantado, aplaudido y bailado por todos los asistentes -hasta las azafatas perdieron su hierática composutra, contagiadas por el ambiente brutal- se cerró una noche en la que una orquesta magnífica dio luz a la música clásica de un enorme compositor moderno: Roger Hodgson.

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viernes, 18 de septiembre de 2009

Catulo

Soles occidere et redire possunt;
nobis cum semel brevis lux occisus est
nox est perpetua et una dormienda.

Los soles mueren pero pueden volver a nacer;
Pero cuando nuestra lánguida luz se apaga
la noche se hace perpetua y todo es sueño.

Muy en la tradición del famoso "carpe diem" de Horacio y del "collige, virgo, rosas" de Ausonio estos versos de Catulo. Pocos poetas en la historia de la Literatura Universal han sido capaces de cantar con igual vehemencia al amor más furibundo y al odio más apasionado. Amar en versos y odiar en versos, y todo en apenas unas estrofas. Pero hacer lo uno con igual pasión que lo otro sólo está al alcance de quien amó hasta los tuétanos (quien lo probó, lo sabe). Odi et amo. Quare id faciam? fortasse requiris / Nescio, sed fieri sentio et excrucior (Odio y amo. ¿Cómo puedo hacer esto?, quizá te preguntes. No lo sé, pero siento que así es y me torturo).

Catulo cometió el error de enamorarse de la mujer más bella, de Clodia -Lesbia en sus poemas-. Clodia coleccionaba amantes con la misma facilidad con que Catulo escribía poemas. Clodia correspondió un tiempo con amores el amor del poeta. Quizá, como un mero divertimento. Hasta que, harta de su aedo particular, le fue infiel -tal vez, incluso, con su propio marido. ¡Qué horror!-. Ante lo cual Catulo exclamó: Una salus haec est, hoc est tibi pervincendum. / hoc facias sive id non pote, sive pote! (Una única solución para uno: el deber de sobreponerse. Si puedes, hazlo, y si no, hazlo igualmente). Sí o sí, vamos.

Pero no parece que lo llevara a la práctica. Catulo llenó su pecho de despecho y obligó a su corazón a alojar en el mismo habitáculo donde hasta entonces había acampado una legión de amor a una cohorte de odio. ¡Pobre Catulo! No sabía que el amor dura una sonrisa; el dolor una risotada larga, lenta, lóbrega. Aún así, tampoco tiene excusa porque él sabía -y tú, lector, si andas enamorándote de alguna mujer, tenlo en cuenta- que mulier cupido quod dicit amanti, / in vento et rapida scribere oportet aqua (lo que una mujer enamorada le dice a su amante, conviene escribirlo en el viento y sobre el agua que corre).

Tal vez, en algún momento, hasta los oídos de Clodia llegarían estos versos recitados con despecho y dolor. ¡Ay el amor!, ¡cuánto duele!